Una mañana en la tienda de Esther y Juan
Mi abuela se llamaba Esther, vivía en Pompeya, específicamente en el Pueblito lugar que es llamado así porque cruzando Avda. Amancio Alcorta para el lado del Riachuelo, las casas son bajas, hay poco tránsito y la gente toma mate en la vereda.
Era Doña Ester, la de la tienda, y el local tenía vidriera a la calle, todos los días a las 8 hs se levantaba la persiana y se cerraba tipo 20.30 hs, obviamente que el local en el horario de la siesta se cerraba la puerta con llave pero se atendía por el garage, pero la gente del barrio sabía que era solo para urgencias.
Buena cocinera y mientras atendía y en el momento que mi abuelo cuidaba el negocio, ella hacía la comida.
Era una mujer con carácter pero muy tranquila, organizaba, proyectaba, llevaba los números del negocio, hacia las compras para el local, y era muy práctica
Visualmente tenía un cabello crespo, tenido, corto y como que siempre iba hacia arriba, vestía blusas y polleras y para cocinar tenía su delantal. Sus manos eran grandes, como si fueran masculinas, con las uñas pintadas y su piel era muy sensible lo cual si se pegaba o se lastimaba, tenía el moretón instantáneamente.
Su mirada transmitía tranquilidad y energía y además de tener su trabajo, de ser jubilada, la casa era el lugar de encuentro de toda la familia, siendo hija, madre, hermana, esposa, abuela y suegra.
Mi abuelo era Juan, Don Juan, de la misma estatura de mi abuela, con pelo blanco tirado hacia atrás con gomina o con gel, anteojos, camisa que usaba de mangas cortas y pantalón náutico con elástico, medias y zapatillas.
Municipal, lo cual se jubiló en edad temprana y con una buena jubilación. El era el encargado de subir al persiana a las 8 hs, se ponía unos guantes amarillos grandes que tenía y luego de haber preparado el mate, siendo el encargado de esas dos funciones, la persiana se levantaba para un nuevo día. Recuerdo el ruido de esos eslabones que rodaban para que entre la luz del pasaje Arturo Beruti.
Una vez que el negocio era abierto, mi abuelo agarraba el diario Crónica y se sentaba en un sillón marrón, que varias veces fue tapizado, para leer las últimas noticias.
Texto escrito en el colectivo a las 7.30 hs de la mañana yendo a trabajar.
Que buena forma de empezar el día
Los amo


me emocioné con tu relato y en cual me sentí identificada, por haber pasado la mayor parte de mi adolescencia en el "pueblito" de Pompeya!
ResponderEliminarGracias Clau
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